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Cambiar al otro

Hoy he llegado a esta canción que no conocía buceando por Youtube (que es uno de mis hobbys)
He oído la versión original de Bruno Mars y esta  cantada en femenino por Madilyn Bailey.

He estado pensando en cómo tras una ruptura o un abandono, en general en cualquier proceso de duelo) nos ponemos a pensar en los
” y si… ” o  en los  “debería (s) haber hecho tal o cual cosa”.
A toro pasado es fácil ver los errores… bueno, o no, porque a veces seguimos repitiéndolos una y otra vez, pero ese es otro tema.

Quiero decir que normalmente nos ponemos a pensar en por qué se ha llegado a ese punto, por qué algo que se empezó con ganas y deseo de pronto acaba.
Dando por supuesto (que también es mucho suponer) que ambas partes eran sinceras en expresar lo que sentían, a nadie se le acaba el amor de un día para otro. Así que sea quien sea quien decida poner fin, ambas partes han contribuído a llegar a ese punto. Sea por acción o por omisión de acción.
En la canción los reproches son no haber comprado flores o salido a a bailar. Serán cosas tontas, pero al final lo que muestra es que lo triste cuando estás con alguien es no saber qué son sus flores o sus bailes.
Si yo quiero flores y bailar y la persona que se supone me ama no se da cuenta , es que no me está escuchando o me mira pero no me ve. Que no me conoce.

A veces nos enamorarmos de la idea que tenemos de lo que la otra persona es, y cuando el tiempo y las circunstancias nos van mostrando la realidad, puede que no nos guste tanto como pensábamos y prefiramos quedarnos con ese ideal antes que con el verdadero yo del otro.

Entonces no es amor. O al menos no el amor que hace que se siga juntos.
El amor no es un buffet del cual  puedo coger lo que me apetezca de toda la oferta y desechar lo que no me gusta. Las personas no somos un conjunto de piececitas que poner y/o quitar.

Señores Potato
Cuando se tiene algún tipo de relación es normal hacer concesiones para agradar al otro o para favorecer la convivencia, ya que no hay dos personas iguales en todo. Es normal y hasta deseable intentar evitar las cosas que  desagradan. El problema es cuando lo que desagrada del otro es parte de su propio ser.

Si algo intrínsecamente mío le es insoportable a otra persona nunca podrá ser mi amigo íntimo, ni mi amante, ni mi pareja.

No es ni bueno ni malo, es así.
Porque la alternativa es entrar en el juego de “desdibujarnos” para ser como el otro espera o  se imagina o sueña o desea.  Da igual.
SOMOS COMO SOMOS.
Y no podemos ni debemos acoplarnos constantemente a las expectativas del otro.
A veces se nos sugerirán cambios que de verdad sean positivos para nosotros, ya no solo para la relación de pareja, y eso es parte del crecimiento personal. Aceptar sugerencias y opiniones externas. Pero el cambio,  mejor dicho, el deseo de ese cambio, ha de producirse desde dentro, no obligados desde fuera,

Nadie cambia de verdad si no quiere.
Nadie convierte a nadie en algo que no es.

He conocido gente que ha vivido cierta filosofía de vida por agradar, porque estaba de moda o incluso porque intelectualmente estaba convencida de que era lo mejor. Pero si en su interior eso no concuerda con la persona que es realmente, acabará estallando. Y muy probablemente de forma violenta, hasta con ira, hacia aquello que un día defendía y contra quienes siguen en ese camino.

Pero ese odio no es hacia los otros, sino hacia uno mismo por haberse perdido el respeto y estar donde no se quería estar. Lo que sucede es que reconocer ese enfado con uno mismo suele doler demasiado, y  es una emoción tan fuerte que por querer sacarla de nosotros sin enfrentarla la proyectamos hacia fuera con violencia. Así que lo más fácil  y lo más común es lanzarlo contra el o los otros.

Pero volviendo al tema de las relaciones de pareja. Es tan antiguo querer cambiar al otro que ya la mitología clásica nos cuenta la historia de Pigmalión:

 El rey de Chipre, buscó durante muchísimo tiempo a una mujer con la cual casarse. Pero con una condición: debía ser la mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar la ausencia. Una de estas, Galatea, era tan bella que Pigmalión se enamoró de la estatua.

Pintura representando a Pigmalión, de Bronzino (1530).
Pintura representando a Pigmalión, de Bronzino (1530)

 

Lo que ocurre es que las personas no somos cera sin forma dispuesta para ser exactamente lo que el moldeador quiere. Todos traemos ya nuestras propias formas y pliegues y recovecos, en el cuerpo y en el alma. Y ni con intervención divina podemos obviar nuestra propia carga emocional ni vivencias para convertirnos en la Galatea de los sueños de nadie.

En la versión para el cine de esta obra, My Fair Lady, que nos parece una historia muy romántica, si la analizamos no con demasiada profundidad, en el fondo lo que se nos cuenta es que la verdadera Eliza no era interesante para nadie, mucho menos  capaz de enamorar al sofisticado profesor Higgins.
My fair ladyEste la somete a un arduo proceso de transformación para ser, por fin, digna de su atención, admiración y amor.

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Y yo me pregunto.. ¿es esta de verdad Eliza?
No concibo, como Higgins,  el amor sin admiración, pero si para admirar a una persona hay que cambiarla por completo, negando incluso lo que es, o lo que ha vivido que la ha hecho ser lo que es hoy… eso no es amor. O esa no es la persona de la cual enamorarme. Es el mayor de los egoísmos.
Es usar a una persona como recipiente de mis expectativas.  Es despojarla de lo que es de verdad para que sea como yo quiero que sea. Y eso es cosificar mucho más que usar su imagen sexy en una valla publicitaria.

©NohemiHervada

 

PD: No nos cuentan cuánto tiempo “vivieron felices” Eliza y Mr. Higgins antes de que los reproches empezaran a aparecer en sus vidas.

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