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La escritora y el deportista- 3

(…)
-¿Y a ti qué te falta?
Esa frase fue suficiente para desarmarla. Le miró con una mezcla de sorpresa por lo directo de la pregunta y tristeza por darse cuenta que debía ser más que evidente que le faltaba algo importante.

Algo que no disimulaba la energía que desprendía en todo lo que hacía ni su locuacidad en la conversación.
-¿Qué me falta? Repitió en voz baja esquivando la mirada, y pensando en la respuesta rompió a llorar.

Ese día ella dijo en voz alta algo que llevaba comiéndole el alma y la autoestima. No era lo que le faltaba, sino lo que le sobraba en su vida.
Sobraban mentiras. Mentiras gratuitas y desprecios. Sobraba haber confiado en alguien que no la merecía y sobraban todos los que aparecieron después que no hicieron sino aumentar ese vacío que a veces, cuando se asomaba a mirar parecía querer engullirla.

Era dueña de su vida, de su tiempo…  pero no de su corazón. Cometió el error de entregarlo antes de tiempo.
Parece mentira, cómo alguien puede ser tan inteligente para unas cosas y tan cándida para otras.
Cándida pero valiente. Se lanzó tras el amor pensando que quienes dicen amar, lo sienten y lo viven. Y comprobó que las palabras son fáciles de pronunciar. Que a veces los “te quiero” surgen casi solos, con tanta facilidad que creemos que salen de algo cierto. Y la realidad es que nacen sólo de las ganas de querer.
Queremos querer, queremos que nos quieran, y si es posible, queremos que eso se dé a la vez, con la misma persona. Y aparece alguien  y la ilusión, el reto, la excitación y el juego es tan intenso que lo confundimos con amor.
Eso le dijo él cuando ella le reprochó ese distanciamiento cruel sin explicaciones.  Cuando le preguntó a bocajarro si estaba con otra, dándose cuenta que en su cobardía ni siquiera era capaz de decírselo abiertamente. Ni en eso la respetó.

Oírle decir:
-“Sí, he conocido a alguien” fue demoledor.
No sabía lo que se sentía siendo apuñalada literalmente en el corazón, pero debía parecerse mucho a esto. Un dolor indescriptible en el pecho. Una mezcla de alivio por saber que no estaba loca, que no eran imaginaciones de una histérica, junto a  la sensación de falta de aire, de ahogo y de angustia.
Los “te amo” y los planes resultaron no ser nada.

Nada para él, pero a ella le desapareció el suelo bajo sus pies.
Como ese sueño que tenía a veces en el que se veía conduciendo por una carretera entre montañas y se salía hacia el barranco. Esa sensación de sentirse volar, ligera, sabiendo que es la antesala del final. Del más horrible final.
Ese final alargado sin necesidad, literalmente la rompió. La rompió el desengaño, la traición y la mentira.
Sólo algunas amigas muy allegadas supieron lo profundo que cayó con aquello. Ni ella quería ser consciente de cómo la había afectado aquella historia por la que pagó un precio tan alto.
Dolor enmascarado en risas,  intentando anestesiarlo  con otras cosas, con otras personas, que no eran él.
Todo eso recordaba y todo eso le fue contando la escritora al deportista.  Empezó en esa primera cita y siguió desgranándole poco a poco las historias de su vida. Las más dolorosas, las más íntimas, aquéllas que nadie sabía, incluso las que le avergonzaban de sí misma. Como quien se confiesa esperando algún tipo de absolución.
A veces le contaba las cosas entre sonrisas, había aprendido desde muy joven a reírse de sí misma y el sentido del humor iba a serle necesario más que nunca en esta etapa de su vida . Hubo momentos dulces, de felicidad y no era justo negarlo. Recordarlos a veces le daba cierta paz. Como una especie de resguardo que demostraba que aquello fue real. Otras veces hablaba entre sollozos de pura tristeza o de rabia contenida.
Así duele el amor cuando duele.

El deportista iba adentrándose cada vez más en ella.  Poco a poco todos los rincones iban siendo abiertos. Con mucho miedo al principio, con reticencias que ella intentaba disimular con una falsa apariencia de frivolidad. Con todas sus barreras elevadas.
No le importaba abrirse y desnudarse ante él. Lo deseaba, en el fondo, era liberador. Pero no quería que él llegará más allá. No quería enamorarse. No podía enamorarse. No con su corazón roto.

(Continuará…)
Imagen de portada Broken Mara by NanFe 

Demasiado

Me perdí entre tus ojos tantas veces. .. demasiadas
Derribaste mis murallas a golpe de abrazos y miradas… demasiadas
Recuerdo la primera vez que me dijiste “te quiero” , y recuerdo la primera vez que lo creí… demasiadas
Recuerdo la primera vez que casi te lo dije yo y no lo hice…
Sólo te dije mirándote al alma a través de tus ojos:
-“Lo sabes ¿verdad?
y lo sabías, lo supiste… demasiadas veces lo supiste.
Porque el amor se ve. Como se ve cuando no está.
Es algo que se toca, se palpa. Es el viento en la cara cuando corres y te huele a esa persona.
Es buscar recuerdos en cada cosa, y encontrarlos.
Es desear mantener viva la llama. Aunque la hayamos apagado a manotazos cien veces antes.
Es  soplar con cuidado intentando avivarla, y taparla con nuestra palma para mantenerla.
Es colocarla en un lugar seguro. Y mantenerse vigilándola.
Es respirar hondo y llenarse el pecho del mismo aire que tú respiras. Porque sé que aunque lejos estás cerca, respirando el mismo aire.
Es exhalar intentando dejarte dentro. Quedarme con parte de ti en mi alma, en mi cuerpo.
Entraste en mí tantas veces, de tantas formas entraste. De todas las formas… demasiadas.
A veces creo que te respiraba. A veces creo que desde entonces me falta el aire.
Ahora nada me llena como cuando me llenaba de ti.
Quiero y no quiero quererte. Y sé que sólo tú lo entiendes. Porque en el fondo, lo reconozcas o no, sé que no quieres perderme.
Mis palabras buscan tus ojos, mis deseos tu escucha, mis alegrías tu sonrisa y mis penas tu abrazo. Te busco aún… demasiado.
Mi día a día es incompleto. Me falta tu compañía. Y no vivo preguntándome por qué todo esto.
Por qué yo sí, y por qué yo luego no. Por qué no puedes conmigo y por qué no sin mi. Por qué hay tanto valor en tus piernas y tan poco en tu corazón. Por qué no veo ya tus paisajes. Por qué en tu lista, la primera no soy yo. Por qué me torturas, por qué te torturas, por qué no das lo que te pido y te vas.
No hay respuesta… no respondes. Y a veces sueño que tu egoísmo es amor…. lo sueño aún demasiado.
EL tiempo, dices, el tiempo dirá:
Cuántas veces te he oído decir: “EL tiempo no existe. Sólo la sucesión de hechos…”
Tus hechos se van sucediendo, y eso marca nuestros tiempos.
Conmigo, sin mí, con ella, o no… conmigo, sin mí, con ella, con ella, con ella… sin mí, sin mí… como sea pero sin mí.
No hay contigo para mí.
Tengo cientos de mensajes sin mandar. Tengo cientos de deseos que ya no se cumplirán. No contigo.
Tengo canciones sin dueño, y poemas no enviados y chorradas que me alegran y cosas que me enfuerecen… y no te las puedo contar.
Y quizás eso es lo peor. Demasiados silencios impuestos, demasiados.
Dar caricias no es difícil, ni recibirlas. Hay tanta gente mendigando amor, conformándose con sobras…  que es fácil taparse con una, o on varias.
Pero SER esa persona,
ESTAR… llenar el espacio atravesando tiempos.
RESISTIR al propio ego, a la lógica y a la razón.
MANTENERSE tatuado en el corazón es muy difícil.
Y cuando eso lo has tenido, te resistes a dejarlo. Te niegas a negarlo.  TE enfadas por enfadarte o por no hacerlo.
Seguramente todo esto no tiene sentido para nadie. Si lo tiene para ti tú mismo lo estás viendo.
Rompo mis propias promesas, rindo mis fortalezas. Sólo queda saber por y para qué. Sólo queda esperar al parecer… esperar demasiado
Y recordar una cosa: nada es para siempre.
Ningún amor soporta este boicot eterno. Nadie soporta estar herido y que cuando se acerquen, no es para ser curado, ni sostenido, sino para ser nuevamente herido y abandonado.
El tiempo pasa, los hechos hablan… y elegimos con quién lo pasamos… y a quién le hacemos y hablamos…
Mi deseo no te lo cuento a ti, se lo lanzo al Universo.
Tú ya tienes demasiado de mi, demasiado… sin duda demasiado.
Demasiado.. vaya juego de palabras:
De más…
Demás…
y  Hado...
Maldita premonición que  me hace a mí estar de más
Que a ti te hace preferir a los demás
y que a mí sólo me deja  confiar en los hados

Sueños

¿Habéis leído  “La Vida es Sueño”?
Imagino que los clásicos, se llaman clásicos por algo.
A mí me fascinó. Debía tener unos 14 o 15 años cuando lo leí y aún recuerdo la sensación al meterme en la vida de Segismundo.

Esa sensación de que tu vida no es tuya, que no la manejas tú, que algo se te escapa.
Segismundo era ignorante de muchas cosas, de casi todo en realidad.
Yo, a veces tengo esa sensación de que lo que estoy viviendo no es real.
Imagino que es como un mecanismo de defensa. No alcanzo a entender por qué pasan ciertas cosas y pensar que es un sueño del que despertaré lo hace más llevadero.
Y en el sueño, sueño. Y sueño contigo.
Sueño que estamos juntos, que viajamos. Anoche soñé que perdía un avión. Últimamente siempre sueño que pierdo aviones y trenes. Imagino que vivo con la sensación de que tengo demasiadas cosas para hacer y mi subconsciente me lo recuerda.
EN mi sueño daba igual. Soñaba contigo.
Y despierto. Y tardo unos segundos en recordar la realidad. No estás. No conmigo.
Te despertarás con otros abrazos, con otros besos. Otros cafés… o no, me da que debe ser más de té y zumos de frutas.
Yo es que no me cuido tanto como debería. Adoro el café. Adoro pasar una tarde viendo una peli abrazada en el sofá. Adoro perder el tiempo … adoraba perderlo contigo. Que para mi era de todo menos perderlo. Adoraba charlar hasta las 3 de la mañana. Y el mensaje de : “ya en casa”, 2 minutos después.
Adoraba un sueño.
Y ahora que despierta sé que ya no existe todo eso, mi mente se empeña en mantenerlo en los sueños. Y me acuesto rezando a ese dios que ya no me escucha, que te arranque de mí.
Pero mi alma te busca en los sueños, y te encuentra. Le va mejor que a mi.
Porque yo te buscaba y tú decidiste irte.
Mi yo consciente ya decidió no soñar más. Ahora estamos intentando convencer a la otra, la de la fantasía, la que cree en los cuentos de hadas con final feliz , la que se creyó eso de que el amor todo lo puede, la que creyó que querías ser el último en todo, la que creyó que te hacía volar, la que creyó que era solo yo.
A ese le costará algo más. Porque por el día le controlo, pero la noche… la noche, es de lo sueños y de los amantes. Y mis sueños sueñan con mi amante. Mi amante que no es mío. Mi amante que ya no me ama. Mi amante que ya no está en mi sueños del día.
He sido tu amante porque he amado activamente. Tú dices que fui tu amada porque alguna vez fue verdad que me amaste.
Habrá que buscar un término que me defina ahora. Porque estoy en el limbo de los amores. Soy pero no soy… tranquilos… esto sólo un tiempo. Hasta que deje de soñar contigo. Hasta que tú en tus sueños invites a quien no soy yo.
Hasta que por las mañanas ya no piense: “ten cuidado”.
Hasta que mi calle sea solo mi calle.
Hasta que todas esas cosas que alimentan mis sueños de la noche ya no lo hagan.
Hasta que un día cuando te vea y te mire, ya no duela nada.
Hasta que el tiempo… ese que a veces no corre… vuele hacia adelante.
Al futuro ese que nos separó. Que no fue sino una excusa para tapar la realidad.  LA realidad es que no estoy. La realidad sólo  la vivía yo. Y al final el sueño se esfumó.
No sé por qué me asombro… si tú mismo me lo escribiste:
“… no serías tú, sino algo que construyó mi sueño”
Ojalá esta noche mi sueño no sea dulce.
Ojalá esta noche no me sienta amada, ni amante.
Ojalá esta noche, mis sueños, sean como los tuyos: algo que un día construyes, y que decides olvidar.
Ojalá esta noche mi sueño sea como mi realidad: que tú no estás.

La escritora y el deportista-2

(…)
Y hablaron, y quedaron, y salieron, y se miraron a los ojos, y ella desnudó el alma a través de ellos. Y se abrazaron. Y ahí empezó todo.

Ese abrazo que él le dio sin saber my bien por qué y ella sintió como un refugio. Un reposo de segundos que parecía detenerse en el tiempo.
Un cuerpo tan extraño y tan cercano a la vez. Tan de verdad. Un abrazo que la envolvía y la desnudaba a la vez.

-“¿Cómo seguir fingiendo después de esto?” (pensó ella)
Y sus lágrimas cayendo le recordaron  esa sensación de tristeza en la que se había acostumbrado a vivir. Le era tan familiar que ya ni la notaba.
Ese dolor y esa tristeza que se le escapaba  por la piel  y por sus ojos cuando alguien  se tomaba el tiempo de tocarla  de verdad, o de mirar dentro.
Dolor que anestesiaba con otros dolores. Tristeza que disfrazaba como sólo ella sabía.
Se separó de ese cuerpo cálido y acogedor, aunque se hubiera quedado allí eternamente. Se limpió las mejillas y  le dijo:
-“Lo siento, pensarás que estoy loca”

Y seguramente, en cierto modo, el deportista lo pensó. No loca de perder la cabeza, sino loca de las que pierden el punto en el horizonte por caminar mirando atrás.
Pero le intrigaba esa mujer que escribía todo lo que le pasaba y que inventaba otros finales para sus cuentos. Le atrajo su intensidad y el contraste entre lo que se veía y lo que se intuía.
Y decidieron verse otro día, con menos prisas y más verdad.

La escritora pasó esos días pensando en ese encuentro, en esa conversación, en las confesiones ante una taza de té, en el llanto no invitado que quiso aparecer, en ese abrazo que sintió necesitar y se atrevió a pedir.
Pensó en su primera impresión al verle. Muy alto, muy delgado, gesto serio. Y calma, mucha calma. Eso que ella admiraba por antojársele imposible.
Y esos ojos que la miraban mientras hablaba. Como si no le interesaran las palabras  sino el alma que se escondía en toda su verborrea.
Y su pregunta, LA PREGUNTA, que le cayó como un jarro de agua fría. La que le mostró que ese hombre no era común, que era de los que estaña acostumbrados a afrontar retos y al parecer se había propuesto saber la verdad de esa mujer de ojos intensos y que tenía la misma facilidad para reír que para llorar.
-“¿Y a ti qué te falta?”

(Continuará)

La escritora y el deportista

Como muchas mañanas estaba con su ordenador trabajando en su cafetería preferida. Hacía frío  y se dejó su abrigo en el coche, pero le estaba cundiendo la mañana y no quería parar para ir a buscarlo.
Pidió un té rojo para entrar en calor. Se tomó uno minutos de pausa del teclado y se puso a observar a la gente alrededor.
Era una cafetería que servía de punto de reunión de equipos de comerciales.  Oficinas improvisadas, punto de encuentro, lugar de reunión céntrico pero de fácil acceso.
En una mesa una abuela con un bebé. No puede evitar sonreír al ver la escena. Siempre sonríe al ver a un bebé. Echa de menos los suyos. Ya no son bebés, esa etapa acabó. Y suspira.
Mientras su mente vuela  pensando en pieles de bebé con ese olor inconfundiblemente embriagador se da cuenta que en otra mesas hay un hombre que la observa a ella.
le resulta vagamente familiar, le devuelve la mirada unos segundos y atisba una leve sonrisa. De esas que quieren decir un “hola” tímido.
Juraría que le mantiene la mirada más de lo normal, pero vuelve a sus cosas y sus pensamientos.
No es un momento fácil. Tomar decisiones siempre tiene una parte de liberación y otra de miedo a haberse equivocado.
Se dice a sí misma que es lo correcto y a la vez se enfada por desear no haberlo hecho.
¿Cómo es posible que a estas alturas de la película le haya pasado de nuevo?
Mira el teléfono que tiene sin timbre para poder concentrarse mientras escribe, y revisa si tiene mensajes.
En realidad sólo le interesa un mensaje, Ese que no llega.
-“Mejor así”, se dice
y no resulta creíble ni para sí misma.

Vuelve a suspirar, esta vez de forma profunda, con esos suspiros de anhelo, en los que se vacía el alma tras el aire que sale del pecho.
Y nota que la observan y vuelve a mirar a esa mesa. Y sí, efectivamente el chico de la otra mesa la estaba mirando.

EN esta ocasión se turba como si él adivinara sus pensamientos.
-“Es imposible”, se dice. “¿Cómo va a saber en qué pienso?”
Y recuerda cuántas veces ha explicado ella que el cuerpo no miente, que nuestros lenguaje corporal es quizás el único verdadero que tenemos.
Ese suspiro la delata. No era cansancio, no era aburrimiento; era nostalgia y tristeza.
No lo va a reconocer, pero ya le echa de menos. Y sabe que ese deseo puede llegar a ser tan intenso que duela.
Y de repente cambia su postura  y se pone tensa, como quien se dispone a enfrentarse a algo o a alguien.
Y es así, porque se enfrenta a su propio deseo. A la parte de ella que quiere rendirse y seguir a cualquier precio.
Y vuelve a buscar la mirada del desconocido como para decirle que no es lo que cree. Que va a mantenerse en su decisión. Como si él fuera su conciencia, como si el desconocido supiera lo que pasa o le importara.
Y en esta mirada vuelven a mantenerse los ojos un par de segundos.
Demasiados para un desconocido, piensa ella. Y los aparta.
Ella suele mantener fácilmente la mirada a los demás. De hecho en la última conversación con su deportista, él se lo dijo: “A veces intimidas con tus miradas”.
“A este al parecer no” piensa e intenta no sonreír mientras se imagina por qué este chico la mira y la mira de ese modo.

Es curioso, hace unos meses otro desconocido apareció de casualidad en su vida, y fue su mirada la que lo atrajo a conocerla.
Y hablaron, y quedaron, y salieron, y se miraron a los ojos, y ella desnudó el alma a través de ellos. Y se abrazaron. Y ahí empezó todo.

(continuará)

¡Chas!

Ayer puse el blog privado.
Al parecer, este rincón que solo lees tú y algún otro más, molesta por su crudeza en algunos temas.
Hoy he decidido que lo dejaré cómo estaba.
No lo difundo, no lleva mi nombre, no le doy bombo… pero lo quiero así. Lo quiero abierto.
Ya he cerrado demasiadas cosas y escondido demasiadas otras.
Cuando perdí a mi bebé viví en carne propia el rechazo que nos produce el dolor ajeno.  Me veía pidiendo perdón por llorar. Hasta que me di cuenta de las connotaciones que tenía hacerlo.
No pienso pedir perdón por llorar, o por querer, o por no querer, o por odiar.
No pienso pedir perdón por ser sincera.
No pienso fingir para que te sientas mejor. No aquí. No con estos temas.
No pienso decir “te quieros” para conseguir cosas, para que la otra persona se sienta plena y satisfecha, para que sus egos se ensanchen, para que creas que soy lo que no soy.
Las palabras son palabras, fáciles de pronunciar. Algunas a base de repetirlas sin ton ni son se han convertido en palabrería.
Intento no caer en eso.
Pero al parecer hay una especie de reglas del juego colectivas que dicen que hay que encajar en sistemas preestablecidos, con normas claras y definidas y etiquetas y roles.
Y nos parece que las personas no podemos crear nuestros propios sistemas. Los que decidan los implicados, tomando de lo que hay esto y dejando aquello.
¿Soy egoísta?
Pues probablemente. Porque en el fondo lo somos todos. Creo que salvo en las relaciones padres-hijos, la mayoría de las demás son todas egoístas. Basadas en lo que obtenemos.
El llamado amor debe ser la más egoísta de todas. Queremos por cómo nos hace sentir, por lo que obtenemos, por lo que mostramos al mundo que tenemos.
¿Por qué no adaptar ese egoísmo para que las relaciones sean lo que esas personas decidan y solo ellas?
¿Por qué enaltecemos la sinceridad si luego no soportamos oír la verdad?
¿Por qué nos duele el engaño?
¿Porque nos engañaron, porque no nos dijeron que nos engañaron, porque nos dicen ahora que un día nos engañaron y nos sentimos doblemente engañados, porque nos engañamos a nosotros mismos creyendo que esta vez sí, que esta vez iba a funcionar y no fue así?
¿Nos duele que nos fallaran?
¿O nos duele haber apostado y perder?
¿Nos duele por el ego?
Siempre es el ego.

Quería las buenas noches y los buenos días.
Mirar el cielo desde una duna
Mirar tus ojos que me leían
Bailar en la calle,
o en mi casa o en la tuya
Bañarme en el mar, de noche  y desnuda
Perder la ropa
y encontrarla
Reírme de todo
De lo gracioso y de lo penoso
Las Caricias a escondidas
Besos robados y entregados
Pedidos y regalados
Pero besos que sabías que me gustaban
Quería quererte
Sin ataduras
Yo contigo, tú conmigo
Sin terceros opinando
Quería ser viento
¿recuerdas?
Quería ser meta
Y el punto de partida de tus carreras
Quería esa pintadera
porque era tuya
Quería la niña de la pulsera
niña que tú ya conocías
Quería la caja mágica
por buscarla y encontrarla para mí
Quería los “chas” de madrugada
Yo quería todo eso
Nada más y nada menos
Pero “eso” era magia
y ya no soy una niña
Y ahora ya sí sé
que no existen ni los “chas” ni  la magia.

Una niña y una caja de música

Ese día  la escritora se sentía triste.
Se cansó de escribir sus tristezas y decidió salir a pasear.
A pesar de caminar sin rumbo, con su mente divagando  también sin timón, se dio cuenta que sus pies la llevaban a esa calle bohemia en la que tantas veces acababa. Una calle estrecha, fría, con pequeñas tiendas viejas con olor a humedad.
No sabe muy bien por qué le gustaba deambular por esa calle. Quizás porque no era muy transitada, quizás por el aire bohemio que se respiraba y que ella hace tiempo dejó atrás. En el fondo añora a esa joven que soñaba con ganarse la vida con sus obras mientras viajaba por el mundo conociendo gente pintoresca sobre la que seguir escribiendo. Ahora se siente un poco desleal con aquella joven, la mujer madura que es a veces la deja salir, pero muy poco.
Hoy ha decidido entrar en la tienda de antigüedades.
Solo un par de veces compró algo en esa tienda, pero le gusta mirar y rebuscar entre objetos viejos imaginando las historias que podrían contar de la gente a la que pertenecieron.
Si los objetos hablaran… piensa.
En la tienda hay una mujer y una niña, su hija casi con seguridad. Una pequeña rubia con esa expresión de niña espabilada que descubre en cada objeto que la rodea todo un mundo mágico.
Aún tiene esa capacidad, se dice, de imaginar la historia en vez de intentar adivinarla y reproducirla. Y se pregunta cuándo perdió ella la capacidad de inventar para pasar a ser una mera cronista de historias y emociones. Suyas y ajenas.

Nunca fue muy buena inventando historias. Su capacidad de fantasear no duró mucho, si es que alguna vez la tuvo. Por eso le gusta observar a los niños. Admira su creatividad y capacidad de ver más allá, o de no ver más allá,  porque a veces la magia es ver lo que hay y no lo que creemos que hay. Les contamos historias a los niños, cuando lo que deberíamos hacer es escucharles a ellos contarnos las suyas.
Mientras coge una muñeca antigua de esas con carita de porcelana observa a la niña que ha encontrado un objeto y parece entusiasmada:

-“Mira qué joyero tan bonito mamá”
Y sus ojos se abren aún más admirando los dibujos labrados en la caja  y siguiéndolos con un dedo.
Decide abrirla y de  pronto  se oye una melodía que la escritora reconoce,  pero totalmente nueva para la pequeña rubia.

“¡Mamá tiene música dentro! ¡Y una bailarina!”
Y su cara refleja la sorpresa de descubrir algo mágico en una aparentemente sencilla caja de madera. Observa con curiosidad a la muñequita mitad princesa mitad bailarina  que da vueltas de puntillas sobre sí misma al ritmo de la música.
-“¿De dónde sale la música mamá?  ¿lleva pilas?, dime,  dime”
Su madre le sonríe y le explica cómo esas cajas de música emiten melodía a pesar de no tener Cds ni pilas.
“¿Ves sirena? se le da cuerda aquí y suena”, le dice mostrándole la llave de la parte inferior de la caja.
y la niña más excitada si cabe dice:
-“yo quiero mamina, yo quiero hacer música con la caja”
Y le da vueltas a la tuerca de forma apresurada, como todo lo que se hace cuando uno no tiene aún conciencia de lo rápido que pasa el tiempo.
La bailarina continúa dando vueltas y la melodía se oye ahora algo más rápido. La niña deja la caja sobre la repisa y empieza a dar vueltas.

-“Mira mamá, soy la bailarina de la caja” y gira sobre sus pies con sus brazos levantados sobre su cabeza.
Ahora la escritora mira  a la madre y se dice que esa es la expresión misma del amor y de la felicidad.
Cuántos poetas han intentado escribir sobre ello  cuántas canciones, cuántos lienzos… y ahora, en ese preciso instante, en la mirada de esa mujer a su hija acaba de comprenderlo.
Y lloró, por no haber tenido una caja de música y por no haber querido nunca ser bailarina.

Te Amo

-Te amo
-Me amas pero no me escuchas ni me comprendes. No entiendes mi dolor ni me dejas explicártelo. Me amas y en realidad soy una desconocida para ti. Me amas cuando lo que hay es un abismo que crece entre nosotros.

-Te amo
-Me amas… y te enamoras de otra y ni siquiera tienes valor de decírmelo. Me dejas que siga pensando que hay algo más que tengo que hacer. Cuando el problema eres tú y la facilidad para pronunciar unas palabras que te quedan grandes.

-Te amo
-Me amas pero me desprecias. Me amas pero me juzgas. Me amas pero criticas ferozmente quien y lo que soy, lo que hago y cómo lo hago. Me amas y me amenazas.

No me critiques por no decir “TE AMO”, cuando esto es lo que he aprendido yo del amor

La escritora y el pirata-Fin

-¿Por qué escribes?
-Pues podría decirte que por hobbie o por trabajo… pero la verdad es que escribo por pura necesidad.
-¿Necesidad?
-No te pasa a veces que tienes una emoción muy intensa , tanto que te ahoga el pecho? Pues para mi escribir es mi forma de liberar mis emociones. No en el sentido de que las saque de mi y desaparezcan… sino que le pongo nombre, le doy forma, muchas veces la adorno y exagero, por supuesto. No todo lo que escribo me pasa (ojalá 😉 ), pero sí, el fondo está ahí. Y plasmarlo por escrito lo convierte en algo más tangible, más identificable, en real.
Es como un exorcismo.
-Imagino que te sientes como aliviada.
-Pues a veces no. A veces es duro. Es difícil, lloro. Porque escribir algunas cosas es como reconocérmelas a mi misma. Y somos tan expertos todos en el autoengaño, que hablarnos sin máscaras y sin excusas es cuanto menos, incómodo.
-Creí que escribir te liberaba, y me dices que a veces te incomoda?
-Sí. Como cuando ves a un amigo que hace algo que sabes que no le va bien, y dudas entre decírselo o no. Porque sabes que quizás el precio a pagar sea muy caro. Puede que el peaje sea la propia amistad.
Cuando escribo sobre lo que siento intento ser honesta y no engañarme. Y sinceramente no siempre estoy orgullosa de lo que leo.  Veo a la mujer estúpida, a la que ha rebajado sus propias normas, a la que ha sido desleal, a la que se derrumba aunque no lo parezca.
Cuando te desnudas por dentro, la visión del espejo no es fácil de resistir.
-Y aún así lo haces.
-Sí, me imagino que soy muy vanidosa. Aunque a veces quiero pensar que alguien me lee y llega a conocerme de verdad.
Quien soy de verdad y no quien quiere esa persona que yo  sea. No la imagen preconcebida  que se hace de mi.
Soy muchas cosas a la vez, y no solo soy una mujer fuerte y decidida. A veces sigo siendo una niña sola. Y sigo siendo la adolescente que se comía el mundo con sus ideales, y también la mujer que tenía unos principios tan estrictos que juzgaba con facilidad a quienes estaban por debajo de ellos. Y soy la que cree en la pareja y en la fidelidad como forma idónea de vivir. Y soy a la vez la que no quiere ataduras, la que solo quiere responsabilidades con los suyos, que no soporta que me coarten, y soy la que violó sus propios principios, y fue desleal. Y la que dice que no quiere complicarse la vida pero sigue buscando con quien complicársela.  La que dice que no quiere comprometerse, pero como diría mi amiga “Ana”: “nena tú sí quieres un novio”.
-Suena…
-Sí, lo sé: esquizofrénico. Pero es que creo que o todos somos ambiguos en ciertas cosas, o si no, que somos demasiado cobardes para reconocerlo. y yo cuando escribo, intneto reconocerme en cada línea. Incluso en la ficción.
-Entonces cuando me escribiste aquello…
-Bueno, tampoco te agobies, porque ya te dije que las emociones las vivo de forma intensa. En ese momento sentía esa emoción. No me preguntes por qué. O sí, si quieres.
-Dime, quiero saberlo
-Pues no sé porque apenas te conozco, no sé ni tu nombre. Pero  me intrigaste, y la curiosidad es lo opuesto a la indiferencia, y a indiferencia es lo peor que podemos inspirar. Tú me inspiraste, con tu piratería y tu halo de misterio de sí pero no.
Pero fue la emoción de ese momento.  Si no se alimenta, como el mayor de los fuegos, si no hay oxígeno, se extingue.
Tú te acercaste pero por lo que sea decidiste que no. Y yo solo quise regalarte algo único: la emoción única y real de ese momento.
Una vez el oxígeno ausente apaga el fuego, queda el recuerdo, y las cenizas.
Como cuando ves un paisaje quemado y no puedes evitar recordar cómo era antes. Pues así pero sin dolor. Porque fue algo efímero, que no llegó a echar raíces.
-No sé qué decirte
-No necesitas decir nada… Los silencios son más elocuentes que las palabras. No lo olvides nunca.
Ahora coge tu barco, y pon rumbo a  otro puerto.. o a la deriva.
-Adios mi arrolladora escritora
-Adios mi pirata desconocido. Ojalá seas feliz.

La pirámide en la piel

-Pero por qué una pirámide?
-¿Y Por qué no?
-Ya…  es que siempre hay un motivo, y en tu caso sospecho que todavía más.
-¿En mi caso? ¿Soy un caso?
-Sí, eres un caso grave de pensar de más. Creo que le das muchas vueltas a todo. ¿Me equivoco?
-Mmmm. Pues depende.  Aunque no lo creas también me he hecho experta en olvidar . ¿O te crees que eres tú solo ?
-Yo no olvido fácilmente.
-A mí me olvidaste
-¿Eso crees?
-Esa es la realidad
-¿Crees que olvidarte es posible? ¿Crees que olvidas la tormenta que te hace zozobrar? ¿Que se olvida la esperanza cuando ya te habías rendido, cuando ya no quedan ganas de luchar? ¿Crees que podría olvidar tu sonrisa y tu mirada?
-Eso creí. Desapareciste sin más.
– Ay pequeña campanilla…
-Ya empezamos con los juegos…
-¿No te gusta ser un hada?
-Prefiero ser una bruja… o hechicera… me pega más
-Hechicera…  sí. Escoges bien las palabras… y lo sabes.
-Las palabra son mi barco… escogerlas navegar
-Te propongo algo… dejo el barco y tú el cuaderno… y miramos esa piedra dibujada en tu piel, mientras me cuentas la historia… y me cuentas el por qué…
(Continuará…)

El mar siempre es traicionero

“El mar siempre es traicionero… y un pirata es un pirata,” se dice la escritora mientras cierra su cuaderno y observa el océano ante ella.
Está sentada  a pocos metros de la orilla, por un momento absorta con el vaivén de las olas…

Vaivén… vaivén… y su mente empieza a repetir ese sonido “vaivén, vaivén,vaivén… es casi hipnótico, se dice, y  qué  bien describe en sí misma su significado.
Y entonces por una asociación tonta de ideas piensa en “correveidile”, otra curiosa forma en que el contenido se hace forma.
Iba a seguir usando en su memoria ejemplos, a perderse en su amor por el lenguaje cuando de pronto recuerda por qué está ahí.

Y un gesto de contrariedad aparece en su rostro. O más bien, de desilusión.
Estaba casi segura que le vería allí.   ¿Dónde si no? Lo único que sabe de su pirata desconocido es que navega por el mar… así que se llevó su cuaderno y su pluma, y decidió escribir cerca del puerto.

“No seas tonta, tú vienes aquí mucho a escribir, el mar te inspira” le dice una de sus voces interiores , e inmediatamente, casi antes de acabar le interrumpe otra de esas vocecitas que solo ella oye: “Sí, claro, el mar te inspira… JA. Tú estás aquí porque quieres verle. No te engañes. En toda la tarde no has hecho más que garabatos en el cuaderno”

De eso nada, exclama en voz alta y busca en hojas pasadas una par de frases incoherentes a las que intentaba dar forma… Pero la verdad es que aparte de esas frases sin demasiado sentido… solo hay   en el papel muestras de que la mano dibujaba mecánicamente mientras la mente divagaba…

La escritora suspira y se dice que a quién quiere engañar… si además ¡está sola! No hay nadie cerca. Salvo un par de ciclistas y una pareja que ni se ha fijado en ella, de lo absortos que iban contándose sus cosas, , no ha pasado nadie por allí. No necesita fingir ni guardar ninguna compostura. Puede sentirse decepcionada o tonta, o las dos cosas. Total, nadie lo va a saber.
Y cierra su cuaderno, y lo guarda en su bolsa de tela. Y entonces lo coge de nuevo y busca lo que escribió por la mañana…
Lo lee despacio, suspira y lo cierra.

Y solo alcanza a decir:
“Pues sí que soy curiosa. Y estúpida. ”
Y cierra de nuevo su cuaderno con un gesto brusco, de un golpe. Y echa a caminar con él en la mano, sin meterlo en su bolsa de tela.

Empieza a caminar hacia el pueblo pensando en esa parejita que vio pasar acaramelada y no puede evitar preguntarse cómo fueron sus primeros encuentros.  ¿Quién empezaría el acercamiento?  ¿Cuánto hará que salen juntos? ¿Cómo se habrán conocido? Y no puede evitar pensar en que es una especie de lotería entre todo el mar de gente que nos rodea, encontrar   o encontrarse con un pez que te guste y al que le gustes.
Y entonces se dice que por qué narices piensa en peces y en el mar. “Nada de agua, nada de agua, nada de agua, nada de barcos y nada de piratas. Pensaré en el desierto. Eso, pensaré en pirámides en el desierto. Por cierto mañana voy a hacerme un tatuaje. Sí, una pirámide. Arena, seco. Nada de mar, ni agua ni peces. Ni piratas.”

Porque los piratas, y todo el mundo lo sabe… no son de fiar.

(Continuará…)

El Pirata y la Escritora


-Hola
-Hola ¿Quién eres?
-¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? Tú me hablaste primero

-¿Ah sí? Vaya… aún no controlo bien cómo funciona esto. Normalmente no asalto a desconocidos. 
-No soy un desconocido, soy un pirata.
-Uauuu ¿Un pirata?. Dime que eres como Garfio en “Once Upon a Time”, porfa, porfa, porfa…
-¿Cómo quién?  ¿dónde?
-Nada déjalo…
-No, si Garfio sé quién es… ¿era el enemigo de Peter Pan no?
-Bueno, ya sabes… la historia siempre deja bien a los que la escriben…
-No te entiendo
-Pues eso, que igual la historia no es como la cuentan…
-Ya. ¿Y cómo es entonces?
-Pues “El malo” es Peter, Garfio en realidad…. pero oye, ¿tú quién eres? aún no me lo has dicho.
-Sí, te lo dije: Un pirata
-Pues estamos bien… sí eso ya lo sé, de hecho es lo único que sé. Pero sigo con la duda…  ¿serás como el verdadero Garfio?   Claro que tú no sabes como yo, cómo es el verdadero Garfio… Ufff perdona, tiendo a enrrollarme… EN fin, que mientras no seas Barba Azul…
-¿Por? ¿Eres curiosa? A Barba Azul solo hay que temerle si eres demasiado curiosa, ¿lo eres?
-¿Y tú?

-Claro, por eso soy pirata
-Eres pirata por curiosidad?… No entiendo
Creía que los piratas eran piratas por ambición
-Hay muchos tipos de piratasAlgunos somos piratas solo para conocer bien el mar en el que navegamos…  y para conocer bien el mar a veces hay que ir contra las normas establecidas…
-Y de ahí lo de “pirata”
-Claro
-Claro.  ¿Y cuál es la parte que más te gusta de tu trabajo de pirata?
-El abordaje
-Mmmmm… interesante… muy interesante

(continuará…)

Por eso tengo miedo por las noches

Por las noches tengo miedo, porque olvido lo hermoso que es ver amanecer …

Porque olvido que el día siempre llega por muy larga que parezca la noche.

Me acurruco bajo mis sábanas con las ventanas cerradas para que no entre la oscuridad, cerrando así la puerta a la luz de la aurora.  Me encierro como si la oscuridad que asusta fuera la de afuera.

Pero no, no es esa oscuridad la que enfría y paraliza.   No es esa la que nos hace buscar cualquier fuente de luz efímera a la que acercarnos por no abrir las ventanas. Es la de dentro, la propia, : el miedo.
El miedo a sufrir, el miedo a equivocarse, el miedo a entregarse , el miedo a perderse y diluirse, el miedo a sentirse frágil y vulnerable, el miedo a abrir las compuertas del alma y no saber si esas aguas encontrarán  su cauce, el miedo a amar… o el miedo a ser feliz. Sigue leyendo Por eso tengo miedo por las noches

Todo empezó con una maleta roja

Empezó con una maleta roja llena de besos rechazados que nadie quería…

“Empaquetar una historia de amor no era fácil, pero era necesario.

Esa pequeña maleta roja albergaba todos esos pequeños recuerdos que un día le hicieron reír y soñar. Fotos, un posavasos de su primera cena juntos, unas cartas en papel que aún huelen a su perfume, una piedra de un mar que incluía el juramento de un viaje por sus aguas, una pulsera de cuerdas ya ajada…  Y su memoria que le trae sin querer al presente esos momentos con él, recuerdos que querría poder guardar tan fácilmente como esas cosas.
Pero no es tan sencillo. Las cosas se pueden guardar o quemar, pero los momentos vividos permanecen para siempre. Y no sólo los recordamos, nos impregnan el ser, porque nos hacen ser quienes somos ahora.

Sin todos esos momentos, sin esas risas, esas alegrías y esos planes y sueños, aunque truncados, ella no sería la que es hoy.

Cierra la maleta  llorando y pensando en esa canción… “a dónde van los besos que guardamos…que no damos…”

maleta roja

Cuánto añoraba sus besos, cómo disfrutaba su boca. Le sabía bien a pesar de que nunca soportó a la gente que fuma. Será verdad que enamorarse es perder el sentido, se dice.

Y con el click del cierre se jura a sí misma no volver a pasar por esto. No compensa, se repite una y otra vez, el dolor, por el gozo vivido.

Pero en el fondo no lo cree.

Claro que le compensa. ¿Cuánta gente vive años sin experimentar esos momentos de felicidad absoluta? ¿Cuántas personas de las que ella conoce han llorado de felicidad como ella?  Pero sigue diciéndose que no compensa. Se lo repite  porque sabe que ahora necesita la rabia para seguir adelante. Porque sabe que si reconoce que valió la pena a pesar del precio a pagar, seguirá soñando con él, con sus besos, con su boca, con ese viaje por ese mar. Y correría el riesgo de perderse en la tristeza de saber que eso nunca llegará.”

Continuará…