El ciego y la antorcha

Recuerdo vagamente una historia que leí hace muchísimos años. No recuerdo el autor. Decía algo así:

“Iba un ciego caminando de noche con una antorcha encendida.
La gente del pueblo que le conocía se decía que el ciego se había vuelto loco,

“si no ve, se preguntaban, ¿para qué lleva una antorcha?”.

Uno de ellos se atrevió a preguntarle y el ciego le respondió:

“No es para ver yo, es para que los demás me vean a mí”

Antorcha

Habría varias moralejas que sacar de esta historia.

Yo estos días he recuperado este recuerdo de algún rincón de mi memoria por algo concreto que igual no tiene mucho que ver.

Quienes me conocen saben que yo no celebro estas fechas,  pero siempre, SIEMPRE he agradecido las palabras y muestras de cariño y los buenos deseos que muchísima gente, año tras año, me han dedicado.

Este año, creía que recibiría al menos algún mensaje de parte de algunas personas a las que de un modo u otro he estado muy unida. Como en la historia del ciego, no por lo que supone para mi, sino por lo que sí sé que supone para ellas.

Las palabras hablan… pero los silencios, los olvidos intencionados o los olvidos sin más… gritan.

Mi año no empieza mañana porque, de hecho, el día de mañana es una fecha al azar, y no soy yo de hacer balances días concretos. Sobre todo porque mis balances son mucho más periódicos de lo que  a veces yo misma querría.  Llevo muchos meses despidiendo cosas, personas, sentimientos, proyectos, amigos, amigas, recuerdos, deseos, amores, sueños, promesas… hoy no iba a ser muy diferente.

Os deseo una feliz vida… cada día. A todos, a quienes me habéis felicitado y dedicado palabras preciosas, a quienes me habéis nombrado casi por compromiso porque parece que es lo que tocaba, a quienes no me mandáis esas felicitaciones pero sé que estoy en vuestros deseos… y sobre todo, a los que quiero y a los que he querido. Como me dijo hace poco alguien que sí reapareció en mi vida, “yo cuando quiero, quiero de un modo u otro para siempre”.

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