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La escritora y el deportista

Como muchas mañanas estaba con su ordenador trabajando en su cafetería preferida. Hacía frío  y se dejó su abrigo en el coche, pero le estaba cundiendo la mañana y no quería parar para ir a buscarlo.
Pidió un té rojo para entrar en calor. Se tomó uno minutos de pausa del teclado y se puso a observar a la gente alrededor.
Era una cafetería que servía de punto de reunión de equipos de comerciales.  Oficinas improvisadas, punto de encuentro, lugar de reunión céntrico pero de fácil acceso.
En una mesa una abuela con un bebé. No puede evitar sonreír al ver la escena. Siempre sonríe al ver a un bebé. Echa de menos los suyos. Ya no son bebés, esa etapa acabó. Y suspira.
Mientras su mente vuela  pensando en pieles de bebé con ese olor inconfundiblemente embriagador se da cuenta que en otra mesas hay un hombre que la observa a ella.
le resulta vagamente familiar, le devuelve la mirada unos segundos y atisba una leve sonrisa. De esas que quieren decir un “hola” tímido.
Juraría que le mantiene la mirada más de lo normal, pero vuelve a sus cosas y sus pensamientos.
No es un momento fácil. Tomar decisiones siempre tiene una parte de liberación y otra de miedo a haberse equivocado.
Se dice a sí misma que es lo correcto y a la vez se enfada por desear no haberlo hecho.
¿Cómo es posible que a estas alturas de la película le haya pasado de nuevo?
Mira el teléfono que tiene sin timbre para poder concentrarse mientras escribe, y revisa si tiene mensajes.
En realidad sólo le interesa un mensaje, Ese que no llega.
-“Mejor así”, se dice
y no resulta creíble ni para sí misma.

Vuelve a suspirar, esta vez de forma profunda, con esos suspiros de anhelo, en los que se vacía el alma tras el aire que sale del pecho.
Y nota que la observan y vuelve a mirar a esa mesa. Y sí, efectivamente el chico de la otra mesa la estaba mirando.

EN esta ocasión se turba como si él adivinara sus pensamientos.
-“Es imposible”, se dice. “¿Cómo va a saber en qué pienso?”
Y recuerda cuántas veces ha explicado ella que el cuerpo no miente, que nuestros lenguaje corporal es quizás el único verdadero que tenemos.
Ese suspiro la delata. No era cansancio, no era aburrimiento; era nostalgia y tristeza.
No lo va a reconocer, pero ya le echa de menos. Y sabe que ese deseo puede llegar a ser tan intenso que duela.
Y de repente cambia su postura  y se pone tensa, como quien se dispone a enfrentarse a algo o a alguien.
Y es así, porque se enfrenta a su propio deseo. A la parte de ella que quiere rendirse y seguir a cualquier precio.
Y vuelve a buscar la mirada del desconocido como para decirle que no es lo que cree. Que va a mantenerse en su decisión. Como si él fuera su conciencia, como si el desconocido supiera lo que pasa o le importara.
Y en esta mirada vuelven a mantenerse los ojos un par de segundos.
Demasiados para un desconocido, piensa ella. Y los aparta.
Ella suele mantener fácilmente la mirada a los demás. De hecho en la última conversación con su deportista, él se lo dijo: “A veces intimidas con tus miradas”.
“A este al parecer no” piensa e intenta no sonreír mientras se imagina por qué este chico la mira y la mira de ese modo.

Es curioso, hace unos meses otro desconocido apareció de casualidad en su vida, y fue su mirada la que lo atrajo a conocerla.
Y hablaron, y quedaron, y salieron, y se miraron a los ojos, y ella desnudó el alma a través de ellos. Y se abrazaron. Y ahí empezó todo.

(continuará)

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