Mi propia hoguera

Ayer mucha gente celebró con hogueras el solsticio de verano. Unos con nombre de santo, otros reivindicando lo pagano… al final todos hacen lo mismo, repetir un rito ancestral de adoración al Sol.

La mayoría de la gente va a estas fiestas sin más, sin plantearse por qué o de dónde proceden. Pero el fuego es característico esa noche.

Muchos aprovechan y queman lo viejo: muebles, ropa, trastos, cartas…

Yo ya sabéis que soy bastante antifiestas.

Pero este fin de semana precisamente he sentido la necesidad de “hacer limpieza”, pero no de muebles ni de ropa… ojalá. Porque esa es fácil de hacer.
Me paré a mirar dentro de mi propio armario y a escarbar en mi mochila y quise sacar alguna cosa que tenía por ahí y que no era como yo pensaba.

Y decidí echar fuera algún sentimiento, por viejo. No antiguo, sino viejo por el modo.

Qué difícil despojarse de una forma de hacer las cosas cuando no sabemos sustituírla por otra.

Como la mayoría de niñas de mi generación aún nos creemos los cuentos de hadas, aunque sea con adaptaciones

Y nos han dicho que somos medias naranjas buscando la mitad que nos falta… y claro, así nos va luego.

Si creo que soy una mitad, no es que quiera otra mitad, es que la necesitaré para estar completa y no sentir que me falta algo.

Y desde esa posición  de necesidad ninguna relación será completamente sana.

Solamente somos “mitades” cuando somos bebés. En esa etapa necesitamos encarecidamente para vivir nuestra otra mitad, el cuerpo y la disponibilidad de nuestra madre.
A la mayoría nos negaron ese derecho y por eso una vez sí, llegado el momento de la separación de ella seguimos anhelando eso que nos faltó. Y creemos que seguimos siendo medias naranjas como en ese tiempo, y que otra media naranja como nosotros vendrá y nos completara y seremos felices y comeremos perdices.

Pero la realidad es que la falta de esa parte vital en la infancia no la vamos a llenar con la relación con otro adulto, ni con la comida, ni con la bebida, ni con el juego, ni con las drogas, ni con el trabajo.

Si no me maternaron, tendré que asumirlo y vivir con ello, pero dejando de necesitar a otra persona u otra sustancia para seguir.

Soy una naranja entera. Con bastantes carencias primales (como todos), con heridas profundas, algunas de las cuales no quise ver ni reconocer y que van saliendo, como siempre, cuando menos lo necesito. Y si encuentro otra naranja en mi camino, será para que esté feliz conmigo, disfrutando de mi compañía, como yo de la suya.

Eso he “quemado” yo este solsticio. He decidido asumir que nadie está en esta vida para completarme… en todo caso para complementarme…
Y he decidido quemar el cuento de princesas y no soñar fantasías irreales.

No quiero un castillo: tengo el mío. No quiero un título: me encanta el mío. No quiero un príncipe salvador: me salvo yo solita.

Quiero una naranja completa que cuando me vea…se emocione de amor, de pasión, de amistad, de complicidad, con ratos de diversión, con conversaciones interminables en la cocina de madrugada, filosofando y discutiendo sobre todo y sobre nada,  disfrutando de ver una peli tumbados en una alfombra, o de ver un doble arco iris en la carretera, o del 44… todo eso quiero… no más… ni menos.

Lo demás… lo demás es humo… como el de las hogueras.

hoguera

PD: Gracias Mon por animarme, sin saberlo, a escribir